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Pasen adelante, quítense los zapatos si así están más cómodos.

viernes, 28 de febrero de 2014

Si la muerte te mira

—Vos corré y no mirés para atrás.— me dijo de frente, agarrándome la cara por los cachetes. —Que si la muerte te mira, ya te jodiste.— terminó y me dio unas palmadas en el hombro. Ya lo sabía, así había sido desde el primer día que empezamos con nuestro qué hacer. Yo nunca había visto hacia atrás, siempre corría hasta que dejaba de oír la bulla de la gente, siempre seguía el plan al pie de la letra sin dudarlo y todo nos había salido bien. Nos levantábamos temprano porque ya sabés que “al que madruga...”. Además, a esas horas es donde encontrás más posibilidades, todos están pendientes de otras cosas, que si se levantaron tarde y ya no van a llegar a tiempo, que si el semáforo se acaba de poner en verde hay que bocinar para que los carros vuelen, que si alguien quiere cambiarse de carril hay que hacer hasta lo imposible por no dejarlo. Todos buscan la mejor forma de ser una mierda con los demás, perdón, pero sabés que así es.

Reflections of the day - Oscar Funes
—Bueno, ¿estás listo?— me dijo levantándose de la mesa después de desayunar. —¡Me extraña!— le contesté sonriendo. —Pilas pues, que vamos atrasados.— y abrió la puerta. Igual no importaba tanto, era viernes y los viernes todos salen tarde, son más lentos y están más preocupados por a dónde van a salir en la noche para “desestresarse”, si pues. Fuimos a dejar la moto en un parqueo de la 11 calle, preferíamos hacerlo “a la antigua” dirás, y nos fuimos a pie hasta la 12 avenida. Era una chulada vos, como un tesoro por descubrir, los semáforos estaban en verde pero nadie pasaba, era un caos para los que iban en su carros pero un paraíso para nosotros. Había que empezar a ver a quien le caíamos. A veces tomaba tiempo dar con el indicado, pero siempre lo encontrábamos. Aquel cruzó al otro lado para encontrarlo más rápido y para no darnos color, más por lo segundo porque hay veces en que alguien te tira miradas de sospecha y ya no sale tan fácil la cosa.

Caminamos unos minutos como yendo hacia el Mateo, mirando carro tras carro, haciéndonos miradas y señas con aquel cuando encontrábamos alguno, y seguíamos buscando. Quiere paciencia el oficio, no todos tienen el ojo y la calma para buscar. De repente dos policías salieron de la tienda de la esquina y se quedaron parados frente a mi, se me enfrío todo el cuerpo y me quedé quieto. —¿Ya andan por acá otra vez?— me preguntó el que estaba a la derecha, Cifuentes. Al otro nunca lo había visto y no me dio buena espina. —Tenía ratos de no verlos por estos rumbos, hasta los extrañaba.— dijo soltando una carcajada que dejó ver su corona de plata en el colmillo derecho. —Nosotros también tomamos vacaciones.— le contesté siguiéndole la corriente. Aunque ya conocíamos a Cifuentes desde hace años, siempre los nervios se me ponían de punta cuando lo mirábamos. —Todos merecemos un descansito.— me siguió el chiste. —Pero bueno, ya que regresaron, ahí me buscan más tarde para darme por lo menos para una mi agüita.— se rió otra vez, se dieron la vuelta y se subieron a la patrulla para desaparecer por la calle. Aquel había visto todo desde el otro lado de la calle y me preguntó con señas si estaba bien. Siempre se reía de mi cara cuando nos encontrábamos a Cifuentes, aquel le tenía más confianza.

Llegamos hasta el Mateo, y ya teníamos algunos carros marcados. Les poníamos unas calcomanías a los que habíamos cachado que iban más distraídos, no se daban cuenta pero lo hacíamos siempre bien disimulado. Comenzamos a regresar hasta la 11 y a canjear nuestros “premios” en el camino. Tocamos las ventanas de los marcados, algunos se hacían los difíciles pero todo cambiaba cuando les enseñábamos el cuete debajo de la playera, el miedo los cambiaba, nos cambia a todos. Y así nos fuimos caminando, asustando a entacuchados y mujeres que iban maquillándose en el camino. Era pan comido, dirían por ahí. Yo siempre que lo hacíamos iba imaginando qué me iba a encontrar de lo que le arrebatábamos a la gente, un mi celular chilero o alguna cadena para regalarle a mi novia, vos sabés, uno siempre fantaseando. Hasta que la fantasía se acaba y te vas de hocico en la realidad, la vida y sus vueltas.

Oímos la sirena de una patrulla mientras cruzabamos la 13 calle, los policías que estaban adentro nos señalaron y se bajaron del pickup negro con amarillo, todo destartalado estaba el carro como muchas patrullas de acá. “Vos corré y no mirés para atrás” sonó en mi cabeza, y en la cabeza de aquel también. Salimos corriendo con todas nuestras fuerzas para llegar a la 11 y buscar en donde meternos mientras todo se calmaba. Sentía todas las miradas de la gente, que estaba en los carros y los que iban caminando, encima. Todas esas miradas que se volvieron pesadas y que entraron en mis pulmones para hacerme más difícil respirar. Aquel iba más adelante que yo, ya había cruzado la 12 cuando yo iba a hacerlo. Pero solo ví un puño frente a la cara y sentí cómo mi cabeza rebotó en la banqueta. Y adiviná ¿quién era? El policía que estaba con Cifuentes, por algo no me había caído bien mirá. Sentía la cabeza hirviendo por el trancazo que me pegué y miraba todo borroso, girando como cuando te da el helicóptero. Aquel se dio cuenta de lo que me había pasado, y paró. Volteó para ver qué había pasado y lo que siempre me decía pasó. Lo último que vi antes de caer inconsciente fue a un don que estaba en su carro vio lo que estaba pasando y se bajó con cuete, aquel ni lo notó hasta que sintió el balazo en la espalda. La muerte lo vio y se jodió.

Y así fue como pare en el bote por primera vez, yo estaba asustado por estar encerrado con tanto loco que se oía que hacía más que robar, con violadores y asesinos. No podía dormir por miedo a que me clavaran un cuchillo o que algún enfermo me violara, todo lo que oye uno desde afuera. Después me encontré a Cifuentes, me dijo que disculpara por el trancazo que me di, que lo habían hecho para “bautizar” al nuevo policía, que lo del don con el cuete si fue cosa de mala suerte. A veces todavía me lo encuentro en la calle, pero ya lo conozco bien, le das para sus aguas y no te jode. Vos tranquilo, que aquí nos dejan salir rápido, y ya cuando regresas un par de veces es como una segunda casa, hasta comés mejor acá. Si podés correr, lo más que va a pasar es que nos volvamos a ver, pero si mirás para atrás y la muerte te mira, ya te jodiste.

Fotografía: Oscar Funes

1 comentario :

  1. Wow... No entiendo como esta entrada no tiene comentarios. De lo que escribís, no soy muy fanS de sombras y cosas así, aunque sí me llegan. Pero esta, ha sido la que más me ha calado de todos los delirios! Es extraño porque uno nunca lo ve desde el lado del 'caco', siempre es como víctima.

    Muy bueno

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